El abuso infantil, es una forma de maltrato que puede dejar huellas importantes en la vida de un ser humano. La vulnerabilidad y la indefensión de un niño que lo hace presa de las actitudes de abuso, se puede convertir en un ancla que le impide vivir el presente de manera funcional. Ariel Galindo, coach de vida y fundador del Centro de Desarrollo Humano ‘Visión de Vida en Ontario’, vivió esta difícil experiencia cuando tenía tan solo 4 añitos y nos compartió su camino de transformación, el cual comenzó en un punto de oscuridad donde se sintió lleno de vergüenza, temor y culpa , hasta encontrar el camino de la luz en el que descubrió y comprendió que su valor personal no está determinado por su experiencia de abuso ni por sus preferencias sexuales.
‘»Mi primera impresión ante la experiencia de abuso, fue pensar que había sido mi culpa», nos expresó al compartir que la percepción de un niño ante la situación de abuso, puede llevarlo al ocultamiento y a callar lo que sucedió. Además, es posible que viva en medio de sentimientos de culpa y vergüenza que le impiden hablar de lo que le ocurre ya que muchas veces el abusador puede ser un familiar o alguien conocido.
«No es sencillo para un niño hablar de una situación que ni siquiera entiende«, subrayó Ariel, quién en su experiencia personal y como coach de vida se ha encontrado con tres aspectos que obstaculizan al niño para que pueda hablar sobre el abuso:
1. La persona que abusa usualmente es un miembro de la familia o alguien muy cercano.
2. No existen factores de protección como la educación sexual que permita a los padres hablar sobre este tema con sus hijos.
3. Cuando el niño decide contarlo, en muchos de los casos no le creen.
«Cuando rompes el silencio, empiezas a sanar», para Ariel, este es el punto clave porque le permite a la persona que vivió el abuso, encarar el dolor y dejar de negarlo o evitarlo. Y si bien, exteriorizar lo ocurrido es el comienzo de un proceso consciente y liberador, no es lo único ya que después se procesa el evento y se resignifica en una serie de etapas que llevan a la persona a su propia transformación a partir del dolor.
«En el entrenamiento no fue lo que me dijeron, fue cómo me hicieron sentir lo que cambió mi percepción«, recordo el coach guatemalteco. En el momento que me senté en esa silla a las tres o cuatro palabras lloré porque me sentí visto, por primera vez una persona comprendía como me estaba sintiendo. Te puedes olvidar de lo que te dicen, pero no de cómo te hicieron sentir, era una conexión con el ser de las personas, algo que resonaba en ellas reflejado en mi porque la mujer que me ayudó ‘le estaba hablando a mi alma’ -nos comparte muy conmovido-
«Limpiar la herida del abuso, para después suturarla, requiere un acompañamiento por etapas«, nos recomienda. De acuerdo a Ariel, cuando el participante del entrenamiento acepta y confronta la realidad de su experiencia, hay que hacerlo crecer y esto requiere evitar que se estacione en el victimismo por lo que de manera oportuna en una fase más avanzada del entrenamiento donde el participante está fortalecido interiormente, necesita ser ‘brutalmente honesto’ -como él lo cuenta- para poder sacarlos de la somnolencia.
«Cambiar una percepción sobre el evento vivido es lo que se convierte en gasolina para impulsar los sueños«, expresa Ariel con una sonrisa al contarnos que la autoaceptación, la autovaloración y la autotransformación son los objetivos del entrenamiento que dirige. La mente se expande y se abre a nuevas posibilidades. Su transformación lo impulsó a crear un camino de crecimiento para otros ya que algo que le salvó la vida a él en sus momentos más bajos donde incluso pensó en el suicidio, podría ser un recurso para facilitar el camino de otros hacia su propia luz.
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